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El amor que no siempre se dice

Entre silencios y abrazos. El Día del Padre también reconoce a quienes construyeron vínculos desde la cotidianidad: escuchando, acompañando y estando presentes en los momentos más simples de la vida familiar.

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Entre silencios y abrazos. El Día del Padre también reconoce a quienes construyeron vínculos desde la cotidianidad: escuchando, acompañando y estando presentes en los momentos más simples de la vida familiar.

El Día del Padre vuelve a reunir este domingo a miles de familias peruanas alrededor de una mesa, una llamada telefónica o una visita al cementerio. Mientras algunos hijos preparan regalos y sorpresas para homenajear a quienes los vieron crecer, otros miran fotografías antiguas o recorren largas distancias para reencontrarse con aquellos hombres que, a su manera, hicieron del trabajo y el esfuerzo una forma de decir «te quiero».

Hay padres que nunca aprendieron a expresar cariño con palabras. No porque no supieran amar, sino porque crecieron creyendo que el afecto se demostraba de otra manera: Levantándose antes del amanecer, regresando a casa con el uniforme impregnado del cansancio de la jornada o guardando el último billete de la semana para comprar el cuaderno que hacía falta. En el Perú, muchos hombres aprendieron a querer en silencio.

El padre que revisaba las tareas después de una jornada de construcción. El taxista que recorre la ciudad hasta altas horas de la noche para asegurar el almuerzo del día siguiente. El agricultor que ve partir a sus hijos a Lima con la esperanza de que tuvieran un futuro distinto al suyo. El pescador que regresaba del mar antes del amanecer. El comerciante que nunca faltó a una actuación escolar pese a tener el negocio abierto. Todos ellos comparten una misma historia: La de sostener un hogar aun cuando el cansancio parecía ganar la batalla.

En una pequeña vivienda del distrito de San Martín de Porres, por ejemplo, vive Luis Ramírez, de 58 años. Durante más de tres décadas trabajó como conductor de transporte público. Sus manos, endurecidas por el volante y el paso de los años, pocas veces fueron protagonistas de abrazos efusivos o discursos memorables, sin embargo, nunca faltó en los cumpleaños, ni dejó que sus hijos fueran al colegio sin desayuno.

“Yo no soy mucho de hablar —dice mientras acomoda una vieja fotografía familiar sobre el aparador—. Siempre pensé que lo importante era estar ahí. De repente me equivoqué en algunas cosas, pero hice lo que pude”

Sus hijos, ahora adultos, sonríen al escucharlo. Porque recuerdan aquellas madrugadas en que lo veían salir de casa cuando la ciudad aún dormía y regresar entrada la noche, agotado, pero con alguna fruta en la mochila o una broma improvisada para arrancarles una sonrisa.

Pero el Día del Padre también tiene espacio para la ausencia.

Hay hijos que este domingo caminarán entre lápidas cargando flores, limpiando nichos o conversando en silencio frente a una fotografía desgastada por el tiempo. Algunos recordarán al hombre que les enseñó a montar bicicleta; otros, al que nunca faltó a un partido de fútbol improvisado en la calle. Y también estarán quienes descubrieron demasiado tarde que detrás de un gesto serio se escondía una ternura que jamás supo decirse en voz alta.

Otros dejarán la capital para volver a casa. Tomarán buses hacia Junín, Ayacucho, Cajamarca o Piura con una torta sencilla, una camisa envuelta en papel regalo o simplemente con la necesidad de compartir un almuerzo. Porque a veces el mejor obsequio no cabe dentro de una bolsa: es el tiempo.

Y estarán también los nuevos padres. Los que cambian pañales antes de ir a trabajar, aprenden peinados imposibles para llevar a sus hijas al colegio o descubren que la paternidad no tiene manuales. Padres jóvenes que intentan romper con viejas formas de entender la masculinidad y que hoy se permiten abrazar, llorar y decir «te amo» sin vergüenza.

Quizá por eso el Día del Padre no se trata únicamente de corbatas, herramientas o descuentos en centros comerciales. Se trata de reconocer a esos hombres comunes que hicieron extraordinario lo cotidiano. A los que enseñaron con el ejemplo, a los que estuvieron presentes incluso cuando no tenían todas las respuestas, a los que dieron lo mejor de sí con los recursos que tuvieron.

Porque, al final, muchos hijos descubren que el amor de sus padres nunca estuvo en grandes discursos ni en gestos espectaculares. Estuvo en el asiento vacío del bus de madrugada que alguien ocupó para ir a trabajar. En el pan caliente sobre la mesa antes del colegio. En las manos ásperas que arreglaron lo que se rompía en casa. En el cansancio que nunca fue excusa para dejar de intentarlo.

Y entonces, cuando llega junio y el calendario recuerda su día, algunos abrazarán fuerte; otros levantarán la mirada al cielo. Pero todos, de una u otra forma, volverán a entender que hay hombres que pasaron la vida entera diciendo «te quiero» sin pronunciar una sola palabra.

De: Nikolai Menacho

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