
La tarde del 22 de abril de 2026 no fue una tarde cualquiera en Lima.
El calor no era solo del sol que caía sobre el asfalto, sino de una indignación antigua que volvía a despertar en los cuerpos jóvenes. El aire, espeso y movedizo, traía ese olor inconfundible de las marchas: cartón pintado, sudor compartido y una esperanza que no termina de rendirse.
Se reunieron donde siempre empiezan las historias que no caben en los libros: en la Plaza Dos de Mayo. Allí donde Lima ha visto levantarse voces que no piden permiso, sino justicia. Allí donde las protestas no se anuncian, se sienten.
No eran miles, pero tampoco pocos. Más de 300 jóvenes bastaron para romper la rutina gris de la ciudad. Y eso fue suficiente.
Avanzaron por la avenida Nicolás de Piérola como si cada paso tuviera memoria. Rodearon la Plaza San Martín, vigilados de cerca por un cerco policial que parecía más acostumbrado a contener que a escuchar. La ciudad, indiferente en apariencia, los miraba de reojo: desde buses apurados, desde balcones silenciosos, desde oficinas donde el reclamo suena lejano.
El motivo era tan simple como antiguo: el respeto al medio pasaje.
Ese derecho que, en el papel, sigue intacto, pero que en la calle se diluye entre discusiones, cobradores que miran al costado y una costumbre peligrosa de normalizar el abuso.
Los estudiantes lo sabían. No marchaban por algo nuevo, sino por algo que ya les pertenece.
La movilización siguió su curso hasta que la avenida Abancay se convirtió en frontera. Un segundo cordón policial, firme e infranqueable, les recordó que en Lima avanzar también es negociar con los límites. El Congreso quedó lejos, como tantas veces, no por distancia, sino por costumbre.
Y sin embargo, la marcha ya había cumplido su propósito.
Porque en el camino —entre consignas, silbatos y pasos sincronizados— ocurrió algo que no se puede medir en cifras: la ciudad volvió a escuchar. Aunque fuera por un instante. Aunque fuera a medias.
Al caer la noche, cuando el ruido se disolvía y los carteles empezaban a bajar, quedó flotando una sensación conocida: la de una lucha que no termina, pero tampoco desaparece.
En Lima, donde muchas cosas se olvidan rápido, los estudiantes volvieron a recordarle a la ciudad que hay derechos que no se negocian.
Y que, aunque el medio pasaje parezca pequeño, lo que está en juego —como siempre— es mucho más grande.
De: Carlos Sevilla






