
Este domingo, miles de familias peruanas volverán a llenar restaurantes, cementerios, terminales y mercados para celebrar el Día de la Madre, una fecha que en el Perú no solo se vive entre regalos y flores, sino también entre ausencias, sacrificios y memorias que todavía siguen sirviendo la mesa.
Hay madres que despertarán con desayunos sorpresa y abrazos apurados antes del almuerzo familiar. Otras recibirán videollamadas desde ciudades lejanas, mientras algunas serán visitadas entre flores marchitas y nichos silenciosos. Porque en el Perú, el Día de la Madre no es únicamente una celebración, sino también una manera de recordar todo lo que una mujer deja de ser para sostener la vida de otros.
Desde temprano, los mercados empiezan a moverse como un corazón que nunca duerme. En el Mercado Modelo de Doscientas Millas, en el Callao, el ruido de los estibadores, los vendedores y los mototaxis se mezcla con el olor a pescado fresco y bolsas húmedas. Allí trabaja Irma Villanueva, madre soltera de dos hijos, quien desde hace años convierte el cansancio en rutina para sacar adelante a su familia.
Mientras acomoda mercadería y atiende clientes, sus manos parecen no detenerse nunca, habla rápido, sonríe poco y aun así transmite una fortaleza difícil de explicar. “Todo lo hago por mis hijos, quiero que sean profesionales y que no tengan que pasar lo mismo que yo”, dice mientras limpia el sudor de su frente con una pequeña toalla desgastada por el uso.
Irma pertenece a esa generación de mujeres que aprendió a ser madre y padre al mismo tiempo, mujeres que trabajan jornadas interminables, regresan a casa para cocinar, lavar ropa, revisar tareas y todavía encuentran fuerzas para preguntar cómo estuvo el día. A veces, el país parece acostumbrarse tanto a ese sacrificio que deja de verlo.
Porque las madres peruanas rara vez descansan realmente. Incluso en su día siguen sirviendo platos, ordenando mesas o preocupándose porque todos hayan comido. Son como faros encendidos en medio del cansancio, iluminando hogares que muchas veces sobreviven gracias a ellas.
En distintas regiones del país, la celebración adquiere otros matices, en Junín, Ayacucho, Cusco o Cajamarca, muchas familias preparan comidas especiales desde la madrugada. Hay quienes viajan largas horas para volver aunque sea un solo día al abrazo materno. Terminales repletos, buses llenos y carreteras interminables se convierten en puentes emocionales para quienes viven lejos.
José Castañeda, contador de 29 años, dejó Lima el viernes por la noche para viajar hasta Junín y sorprender a su madre. “A veces por el trabajo uno se olvida del tiempo —confiesa—, pero siempre regreso por ella.” En su mochila lleva regalos sencillos, algunas flores y la ansiedad intacta de quien todavía puede volver a casa…Pero no todos tienen esa posibilidad.
También están los hijos que este domingo mirarán al cielo antes de empezar el día. Los que caminarán por cementerios llevando rosas, limpiando lápidas o hablando en silencio frente a una fotografía. En camposantos de Lima y distintas regiones, cientos de personas visitarán a sus madres como quien vuelve a conversar con una parte de sí mismo.

Las flores descansarán sobre el mármol frío mientras algunos intentarán contener las lágrimas. Otros simplemente permanecerán callados, porque hay dolores que ya no necesitan palabras. La ausencia de una madre no desaparece; aprende a quedarse, como esas canciones antiguas que uno deja de escuchar, pero nunca olvida.
Y aun así, el país entero parece detenerse por unas horas para agradecerles.
Las madres están en todas partes. En los mercados cargando bolsas desde el amanecer. En oficinas donde el cansancio se esconde detrás del maquillaje. En hospitales, colegios, combis, cocinas y bodegas. Algunas crían solas, otras esperan llamadas que nunca llegan y muchas siguen luchando incluso cuando nadie las ve.
Quizá por eso el Día de la Madre conmueve tanto en el Perú. Porque más allá de la celebración comercial, existe una verdad imposible de ignorar: gran parte del país fue levantado por mujeres que aprendieron a resistir en silencio.
Y aunque este domingo los regalos ocupen las mesas y las canciones llenen las radios, habrá algo mucho más profundo sosteniendo la fecha. La certeza de que, incluso cansadas, ausentes o envejecidas, las madres siguen siendo ese lugar al que siempre se quiere volver.
De: Nikolai Menacho






