
Miles de trabajadores, estudiantes y obreros recurren cada mañana a los desayunos ambulantes para iniciar sus jornadas en distintas ciudades del Perú. Antes de que salga el sol, el vapor de una taza caliente acompaña el inicio del día para miles de peruanos que encuentran en carretas y puestos callejeros una opción accesible para alimentarse. Desde Lima hasta las regiones más alejadas, estos pequeños negocios ofrecen quinua, café, panes y emolientes a quienes parten rumbo al trabajo o a los estudios, convirtiéndose en un soporte cotidiano para la economía y la rutina de innumerables familias.
La madrugada todavía se aferra al Callao. Un frío tenue camina entre los paraderos mientras los primeros buses rugen sobre el asfalto. En el cruce de las avenidas Elmer Faucett y Néstor Gambetta, donde cada día transitan miles de personas, una pequeña nube de vapor se abre paso entre los cláxones y los pasos apresurados. Allí está Mercedes Flores, acomodando panes, limpiando recipientes y removiendo con paciencia las bebidas calientes que la acompañan desde antes del amanecer.
A las tres de la mañana, cuando gran parte de la ciudad aún duerme, ella ya está de pie. Junto a su esposo prepara quinua, maca, avena, café y soya. Luego cargan el coche y lo empujan varias cuadras hasta llegar al paradero donde trabajará durante toda la mañana. Mientras otros sueñan, Mercedes ya ha encendido las ollas y comenzado una jornada que se extenderá hasta el mediodía.
«Estoy aquí porque necesito alimentar a mi familia. Es cansado, pero ahí vamos», comenta sin dejar de trabajar. Tiene dos hijos pequeños y asegura que todo el esfuerzo vale la pena si en casa no falta nada. Su sueño no es abrir una cadena de restaurantes ni convertirse en empresaria; su meta es mucho más sencilla y, quizá por eso, más poderosa: que sus hijos tengan oportunidades que ella no tuvo.
Su puesto parece pequeño frente a la inmensidad de la avenida, pero sostiene una rutina que se repite en miles de esquinas del Perú. Sobre la mesa descansan panes con tortilla, tamal, salchicha huachana, pollo, hamburguesa, queso, huevo, palta y arrebosado. Todo cuesta un sol. También las bebidas. En una ciudad donde cada moneda cuenta, el desayuno de Mercedes se convierte en un refugio para quienes deben correr detrás del reloj.
El olor salino que llega desde el puerto se mezcla con el aroma dulce de la quinua recién servida. El vapor escapa de las ollas como si intentara combatir el frío de la mañana. Los panes dorados esperan alineados detrás del vidrio y las manos de Mercedes se mueven con una velocidad que solo dan los años. Sirve, cobra, sonríe, vuelve a servir. Una y otra vez. Como si el tiempo también desayunara en ese carrito.
De: Nikolai Menacho






