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Sullana silenció al Monumental

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La bruma roja en el monumental presagiaba un resultado que ningun hincha crema se imagino.

No era una noche cualquiera. El aire tenía la densidad de febrero y la temperatura de un verano que se negaba a irse. En el Estadio Monumental, una neblina roja —espesa, casi irreal— envolvía las tribunas tras los fuegos artificiales, como si el partido entre Universitario de Deportes y Alianza Atlético de Sullana se jugara dentro de una señal de advertencia.

El estadio vibraba, pero no por certezas, sino por la sospecha de que algo inesperado estaba por ocurrir.

Desde el inicio, Sullana mostró que no había viajado a Lima para cumplir el trámite. Atacó sin reverencias, empujando a Universitario hacia una incomodidad que no lograba disimular. A los 15 minutos, un remate desviado de Castillo encendió la primera alarma seria en las tribunas.

La reacción crema fue intermitente. A los 25, un cabezazo de Valera se perdió sin consecuencias, y dos minutos después, el arquero Prieto apareció con seguridad para neutralizar otro intento. El partido avanzaba con una sensación extraña: Universitario dominaba por momentos, pero Sullana parecía más cerca de entender el partido.

A los 29, Polo llegó hasta la línea de fondo con el gol servido, pero en el instante decisivo, las ideas se apagaron. Fue la imagen de una noche que empezaba a torcerse sin explicación clara.

Antes del descanso, a los 43, Prieto volvió a imponer calma desde su arco, manejando los tiempos como quien protege un secreto. Una tarjeta amarilla para Anderson Santamaría y los últimos intentos de Sullana cerraron un primer tiempo tenso, inconcluso.

El desenlace llegó sin preámbulos.

Apenas iniciado el segundo tiempo, en el minuto 46, Valentín Robaldo encontró el espacio y definió con precisión. El balón venció a Vargas y silenció por un instante al Monumental, que no alcanzó a procesar lo que veía.

Pero el fútbol, cuando quiere, concede segundas oportunidades. A los 50 minutos, Edison Flores apareció en el área chica y empujó el empate. El grito fue más de alivio que de celebración.

Duró poco.

Sullana, a los 55 minutos, volvió a golpear, esta vez con un gol que expuso las grietas de Universitario. Valentín Robaldo aprovechó una mala salida de Riveros y firmó un tanto que dejó al equipo crema otra vez contra la pared.

Desde entonces, el partido se convirtió en una lucha contra el desconcierto. A los 78 minutos, una contra de Sullana estuvo a punto de sentenciar la historia, pero Riveros salvó desde la línea, en un gesto desesperado que prolongó la incertidumbre.

El pitazo final no trajo respuestas. Solo dejó una escena que valía más que cualquier estadística.

En las tribunas, la hinchada —niños, jóvenes, adultos y hombres que parecían haber visto demasiados partidos como para sorprenderse— se llevaba las manos a la cabeza, se cubría el rostro, se miraba sin entender. Nadie podía dar crédito a lo que acababa de ocurrir.

El desconcierto se transformó en reclamo.

“¡Fuera Barco!”, comenzó a escucharse primero como un murmullo, luego como un coro que bajaba desde las graderías. El nombre de Álvaro Barco se repetía con insistencia, como si en él se pudiera resumir toda la frustración de la noche.

Y mientras el humo rojo empezaba, por fin, a disiparse, el Monumental quedó suspendido en una sensación difícil de explicar: la de haber presenciado un partido que no solo se perdió en el marcador, sino también en la lógica.

De: Carlos Sevilla

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