La final de la Copa Africana de Naciones 2025, disputada en Rabat entre Marruecos y Senegal, se transformó en uno de los encuentros más controvertidos y accidentados de la historia reciente del fútbol africano. El duelo, que se extendió hasta tiempo extra, mantuvo a 66 526 espectadores atrapados en un espectáculo de tensión, errores arbitrales discutidos, decisiones tecnológicas bajo lupa y un desenlace explosivo que terminó con Senegal coronándose campeón por 1-0 gracias a un gol en la prórroga.
A lo largo de los 120 minutos, el partido osciló entre la calidad técnica y la polémica: un gol senegalés mal anulado, una protesta masiva de los jugadores que llegó incluso a hacerles abandonar temporalmente el campo tras un penal controversial y un desenlace que se escribió en medio de la ira y la incertidumbre. El cotejo fue tan pedregoso que no solo se habló del título, sino también de la imagen del fútbol africano y de la gestión de decisiones críticas en momentos clave.
El sabio
Sadio Mané emergió como figura señera en un contexto marcado por la tensión y el caos. Sin portar la cinta de capitán en un momento determinante del partido —debido a la ausencia por suspensión de Kalidou Koulibaly—, Mané actuó con temple y liderazgo, un recuerdo del por qué es considerado uno de los grandes del continente. Aunque su influencia va más allá de los goles, fue su actitud la que finalmente inclinó la balanza a favor de Senegal cuando sus compañeros, molestos por una decisión arbitral, amenazaron con no regresar al campo de juego. Mané los convenció de seguir. Una muestra que el fair play y la disciplina dentro del campo pueden marcar la diferencia incluso en instantes de máxima presión.
Su impacto durante todo el torneo fue reconocido con el galardón al Jugador Más Valioso (MVP) del campeonato, un premio que refleja tanto su producción ofensiva como su rol inspirador para sus compañeros. Con dos goles y tres asistencias en seis partidos, Mané fue el corazón de la ofensiva senegalesa y artífice de una segunda corona africana en apenas tres ediciones del torneo. Sin duda, una carrera que combina impacto deportivo y liderazgo ejemplar.

No tuvo su día
Para Marruecos, el nombre que acaparó miradas fue el de Brahim Díaz. El atacante del Real Madrid llegó al torneo como una de las figuras más destacadas, coronándose como máximo goleador del certamen con cinco tantos en seis encuentros, una cifra que lo situó como favorito para llevarse la Bota de Oro y convertirse en la nueva gran estrella africana del momento. Su protagonismo incluyó goles decisivos y una actuación general muy sólida a lo largo de la competencia.
Sin embargo, en la final su noche no fue la esperada. Con el partido nivelado y un penal en sus pies que podía dar el título a Marruecos, Brahim decidió ejecutar una panenka —un toque delicado por el centro— que resultó demasiado suave y fue fácil presa del arquero senegalés Édouard Mendy. Esa ejecución fallida no solo evitó el título en tiempo reglamentario, sino que también dejó una sensación amarga en la hinchada local y en el propio jugador, quien luego se disculpó públicamente por su error.

De: Rodrigo Huertas







